jueves, marzo 06, 2008

Ningún cuento chino.

Lo necesario y conveniente

El asiento más conveniente del colectivo está ubicado junto a la puerta trasera, o sea recostado sobre la derecha del vehículo en la última fila. Por supuesto, hablo de ciertos ómnibus bastante pasados de moda. Tienen delante una estructura de caño, usualmente cromado, que sirve como baranda al pasajero que desciende y como soporte al espejo retrovisor superior, me gusta apoyar los pies encima. En horarios pico, cuando el ómnibus viaja completo y el aire se torna irrespirable, la apertura de la puerta refresca y limpia, relativamente, su zona de influencia. También lo prefiero porque puedo demorarme, esperar, ponerme de pie a último momento, justo antes de bajar, no necesito abrirme paso entre sobacos levantados para llegar al timbre, corriendo a veces el riesgo de pasar de largo. En fin, es el sitio más higiénico, visual y olfativamente, aunque algo perturbado por el ruido del motor. Me gusta mirar el asfalto correr por debajo, a la par del colectivo.




Ella estaba sentada en el asiento conveniente, pude ver su cara delante de mí, las imágenes de la calle transcurrían en el vidrio trasero, algo curvado en la esquina, y ella en el centro, fija. No era una gestalt clásica de figura-fondo que se alternan, impidiendo una la percepción clara de la otra, era todo junto. Una cara fresca, como de 20 años, aunque sabía bien que no era su edad, no tenía marcas ni arrugas, parecía tener todo por vivir. Sé que es cursi hablar de ojos claros, y aborrezco las cosas cursi, pero eran tan concretamente claros que ocuparon mi mente como piojos, no puedo evitar nombrarlos.
Ella acerca su cara, sé que es ella, le gusta el sexo y le gusta mucho, la inundación genital sin demasiados corolarios o preámbulos, no perder tiempo en bares hablando por el simple protocolo habitual de la conquista, no desperdicia ni un gramo de su energía en masturbarse, es, sin lugar a dudas, una fanática de los hombres y el coito genital. Sé que es ella, tengo su cara entre mis manos y la disfruto, la abrazo. La ciudad pasa por detrás, por delante, por todos lados, entre ruidos de vidrios, de ventanas sin burletes, puertas que se abren con aire comprimido cuando los frenos chillan y vibran las chapas. Decide que hoy debemos pasar la noche “amándonos”, sí, amándonos, es la palabra. Yo pensaba -cosa que me atonta la mayoría de las veces, y además insume una gran cantidad de mi tiempo- en la oportunidad: si eso que sentía, precisamente ahí, en ese momento, tan “largo y expandido” sería suficiente para comenzar algo, si podría sobrevivir o era necesario esperar. ¿Su casa? No, no se puede. ¿Mi casa? Demasiado lejos, ¿si se arrepiente en el camino? No puedo desaprovechar la oportunidad, y mientras yo pienso, ella decide.

El bote detiene el motor y continua moviéndose sobre el oleaje que generó. El movimiento de los cuerpos en el agua es así, no importa la densidad de sus materiales sino el cuerpo que forma. Lo mantienen cerca del muelle, entre dos superficies con movimientos relativos, descendemos por estribor. Una isla abierta, despoblada de árboles, tiene demasiado horizonte verde para ser isla. El terreno se eleva a lo lejos, junto al mar parecen formarse grutas. Nos dirigimos a un hotel blanco, podría decirse que es demasiado oscuro para ser mediterráneo, quizá debido al efecto de la niebla. El pasillo es relativamente oscuro, más que pasillo parece una calle italiana. El techo forma un arco de cuarto punto, sin molduras. Caminamos como amantes. A la izquierda nace una escalera, de cemento, sin barandas, tampoco se encuentra ornamentada. Es una típica escalera que asciende plegándose a las paredes de un cubo, y deja en medio un espacio, también cuadrangular donde nace el eco. Los descansos en las esquinas son cuadrados perfectos, pero a esta escalera en particular le falta un tramo. Un sector de pared limpia lo delata, y más arriba, continua. Se escucha el descenso de alguien, por lo grave y parejo del sonido, el choque de los zapatos contra el piso, es un varón. Los zapatos de mujer suelen sonar tic-tuc, y cada tanto llevan un paso arrastrado. Veo la sombra, le digo a ella que se esconda, es... No sé si es mi novio, el novio que olvidé y va a encontrarme en falta ¿Realmente lo olvidé? Escapo. Si se atraviesan varios túneles, es posible encontrar una aldea.


Duermo en casa de mi abuela, hasta tarde, normalmente no suelo hacerlo, siento que es una pérdida de tiempo. Escucho como hablan en el comedor, remarcan mi haraganería, pero cierro los ojos de nuevo, me gusta soñar, y después de haberme despertado, al menos una vez, sueño mejor, o sea, más claro. En esta cama, he tenido un par de visiones que aun recuerdo: en una besaba a un compañero, era uno de esos sueños en los cuales cada cosa se encuentra cómo estaría si uno despertara; la misma habitación, misma hora, misma ropa, las mismas personas, y él, recostado en la cama, usando el lado corto, o sea atravesado, me besaba y mi abuela en la otra cama, ese era el problema, recuerdo mirar su cara bajo la luz verde que permanecía encendida desde que falleció mi abuelo. Me levanto con hambre, no es hora del desayuno ni del almuerzo, eso es lo peor del caso, abro la heladera, quiero comer queso y dulce de membrillo. Ambos panes son rectangulares, les falta apenas una rebanada a cada uno, y por el color, fueron cortados hace muy poco. Uso un cuchillo de hoja ancha, no se si es el indicado, pero me gusta el corte parejo y delgado, corto más fetas que las que habitualmente comería ¿Qué sucede? Derrochar la comida es pecado, una atrocidad, una ofensa para mi padre, mi abuela, para la humanidad. Soy una persona medida, racional, con buena capacidad de cálculo, no me gustan los excesos ¿Por qué dispuse más alimentos que los necesarios? ¿Por qué dormí tanto? ¿Será que realmente, aquí y ahora, se han convertido en necesarios? -Retrocedo la cabeza unos milímetros, la charnela cervical se traba, me quedo erguida y quieta- Yo cursé fisiología conozco las demandas calóricas adecuadas. Llega Cherly, hablando como siempre pero hoy cambia el discurso: “¿Dónde está mi cosita bonita?” No me lo dice a mí, me mira la panza, le da un beso y la toca, moldea la parte inferior de mi abdomen que de forma casi inapreciable ha pasado de una marcación cuadrangular a la circularidad de la vida. ¿Estoy embarazada? ¿Podrá ser esto posible? ¿Cuándo, cómo? Su actitud confirma mi estado. ¿Cómo lo sabe antes que yo? Me siento feliz, Cherly siempre sabe las cosas antes que los demás.

El camino que conduce al sitio de la independencia es un hueco pequeño por el cual no puedo pasar debido a mi estado. Una mujer indígena cuida la puerta, alguien aparece con una llave y al colocarla en la cerradura sólo gira una vuelta y luego se traba. “Es una llave falseada, hay que empujarla hacia adentro y luego darle otra vuelta” dice la indígena, se ve funcionar el mecanismo. Al final de los túneles hay una aldea

y una neblina muy cerrada.

Marina S.

3 comentarios:

la Maroshca dijo...

Que churrito ese pibe!!!

Anónimo dijo...

precioso...

Anónimo dijo...

Quién es el hermoso señor de anteojos? Qué guapo, Dios mío!!